Home Cultura-Ecología Luego de la FILT 2018 de El Tabo, dos de sus participantes vivieron una temeraria aventura en el puerto de Valparaíso.

Luego de la FILT 2018 de El Tabo, dos de sus participantes vivieron una temeraria aventura en el puerto de Valparaíso.

by José V. Medina Z.

Escaleras de Valparaiso.

Luego de participar en la Feria Internacional del libro de El Tabo, Marcela Matta y Celeste Diéguez, escritoras y amigas, uruguaya y argentina, respectivamente, decidieron viajar a Valparaíso.

Sin embargo, producto de la improvisación, no todo funcionó como se esperaba y de pronto, estas dos amigas se convirtieron en protagonistas de una de sus propias narrativas, una que no fue ficción.

Este es el relato de Marcela Matta en su especial estilo.

Crónica destino Chile, capítulo 3.

Por poco lleva al Infierno el camino a Valparaíso“.

Esto de tomarme en serio el rol de poeta, en los últimos días, me hizo prescindir de mi instinto de productora y me dejé llevar por la bohemia de vagar, sin rumbo claro, por una ciudad desconocida para mí y absolutamente disparatada, como la calificó tan acertadamente Neruda al instalarse en su igualmente disparatada casa La Sebastiana.

Valparaíso es un disparate, es un enorme graffiti que pinta las laderas de cerros y quebradas con algunos murales hermosos, formados por casitas coloridas y bellas, dispuestas en caótica armonía, pero también con rayones vandálicos, desordenados y estridentes, líneas absurdas que son las mil escaleritas escalofriantes por las cuales es casi imposible correr por tu vida mientras subís con la valija de arrastro y el corazón en la mano a las dos de la mañana.

¿Fui un poco rápido? Bueno, empecemos por el principio. Se terminó la FILT en El Tabo, vinieron un par de días de relax y camaradería con poetas amigas de distintos países en Las Cruces. Salió plan de viaje a Valparaíso a llevar libros con la bella poeta argentina que tiene como aliciente el llamarse Celeste. ¿Por qué como aliciente? y… porque esta criatura me llevó con impertérrita calma hacia la noche más extrema que he vivido en los últimos tiempos.

Llegamos casi a la media noche a Cerro Alegre, luchamos en la oscuridad, y con dos valijas enormes, con la primera escalera de esa pesadilla que significa llegar a un barrio que también es un cerro. Pero ahí estábamos por recomendación de un amigo de confianza de mi adorada chica con nombre color de cielo, (amigo de cuyo nombre no quiero enterarme para no tomar represalias), nos plantamos entonces confiadas y sin reserva frente a la colorida fachada de un Hostel fantasma, no porque no existiera, sino porque cierra de noche (???!!!).

Un gringo joven y bello intentó buscarnos solución, pero el dueño no estaba y tampoco respondía el celular, así que nos conformamos con recibir su ayuda para volver a bajar las valijas y escuchar sus indicaciones, mientras nos perdíamos en el azul de su mirada, para llegar a un par de hostels que había a pocas cuadras de allí. Uno de ellos era genial porque incluía el desayuno, insistía en repetir el gringo, comentario simpático que a la luz de los hechos que se sucedieron, se volvería absolutamente ridículo e intrascendente.

Resulta que deambulamos unos doscientos metros, siempre en subida, la calle desierta, a no ser por algunos personajes un poco turbios que bebían silenciosos en rincones y escaleras y en los que preferimos no fijar la mirada. Luchamos con el miedo y el ridículo peso de nuestro equipaje para comprobar que ambos lugares recomendados estaban cerrados a la recepción de pasajeros, sin encargados ni dueños.

En uno, otro gringo nos comunicó la malas nuevas y en el tercero y último, al que fuimos a golpear, nos atendió una especie de He Man andino que resultó ser nuestro ángel salvador. No podía darnos hospedaje, sólo era el sereno o nochero para abrir y cerrar a los huéspedes ya instalados si se les ocurría salir, la dueña no estaba y las habitaciones estaban completas, no había ni un rincón disponible pero era incapaz de dejarnos en la calle. Así que aceptamos su invitación de pasar al pequeño hall del hostel y tratar de conseguir por teléfono e internet un alojamiento. Wifi, nos conectamos, seis manos buscando en las páginas de hospedajes, nada de cupos en ningún alojamiento relativamente cerca y económico, somos pobres poetas… Cerca de veinte intentos nuestro salvador hizo al teléfono, siempre empezando con un “Tengo a dos niñas argentinas que necesitan...”, bueno sí, no era momento de aclarar las fronteras.

Resulta que sólo un hostal dijo tener una habitación en las que nos recibirían si íbamos de inmediato, pero quedaba lo suficientemente lejos y alto, no nos olvidemos de los divinos cerros, como para que fuera una locura ir caminando a esa hora y con esa carga. Bien, estaba la habitación, faltaba el transporte. “No cualquier taxi es seguro a esta hora” fue el comentario de nuestro, a esa altura, ídolo total, así que empezó a contactar a choferes amigos, que estaban lejos o que no respondieron. El tiempo corría y la posibilidad de poder ingresar a la habitación se iba debilitando. Uber, dijo nuestro corpulento amigo, si tienen Uber… ,él no tenía, nosotros no teníamos, ni Uber ni tarjeta para asociar si es que instalábamos la aplicación, pero resulta que en Chile el Uber cobra en efectivo. Genial!! Apple Store bajando Uber… lento, lento, bajó y nunca funcionó, no sabemos por qué, angustia, llamamos al hostel de la reserva, a ver qué onda, ya no podíamos entrar, habían cerrado la recepción.

En coleto por Valparaíso.

Rodrigo se llamaba nuestro guerrero, es el menor de ocho hermanos, y luego de su nacimiento su mamá adoptó cinco niños más. Nos dimos cuenta que tenía la solidaridad en los genes y un sentido de la responsabilidad más notorio que sus músculos.

Bueno, acampamos en el hall!!_ bromeamos…con intención, mirando con cariño el banco de madera que oficiaba de asiento de espera en el desprovisto ambiente.
Si no trabajara mañana encantado, me quedo acá con Uds. tomamos un vino y hacemos tiempo hasta que amanezca, dijo He Man con total honestidad. Pero a la mañana siguiente, a las ocho, trabajaba. Nos dimos cuenta que eran casi las dos de la mañana, el caballero andante llevaba casi dos horas tratando de solucionar, reparar nuestra negligencia, tenía que dormir, y no sabía ya cómo ayudarnos, no podía dejarnos quedar ahí y eso realmente le preocupaba bastante y a nosotras nos cargaba aún más de incertidumbre y de culpa.

Un último intento, un amigo que vive a la vuelta, Cerro Cordillera, alguien de su total confianza, expresó. Yo vivo acá al lado pero tengo dos pitbull, se excusó.

Bueno, comida para perros, o carne de cañón en la casa de un desconocido… Lo llamó le explicó la situación, el amigo, trabajador social y camarógrafo, estaba más desconfiado que nosotras, le pagaríamos lo mismo que al hostel, charla en altoparlante, investigación en facebook, lugar de trabajo, contactos, pasarle todos los datos a nuestro amigo en Santiago, nombre, dirección, teléfono del anfitrión que tenía con nuestro amigo en Santiago un amigo en común. Era aceptar el último recurso, la calle no era una opción, un taxi a la terminal…¿qué taxí? Lo evaluamos, medimos todo, no dejaba de ser una especie de airbnb al instante.

Rodrigo cometería su último acto heroico de la noche, abandonar su puesto de trabajo unos minutos y acompañarnos, el barrio es peligroso, acotó. Vamos arriba, literalmente, subir cuatrocientos metros por ridículas escaleras sinuosas y empinadas, y había que hacerlo rápido.

Rodrigo cargó la valija más pesada, y que tenía una rueda rota, al hombro, y empezó a subir como flotando, era increíble verlo, era un peso tremendo, la valija estaba llena de libros, sí, mi querida amiga poeta y encima editora.

Empezamos a subir detrás de él, arrastrando mi valija cuyas ruedas sanas no sirven para nada en una escalera, y más si vas corriendo a un súper héroe al vilo. Ahí comenzó mi verdadera pesadilla, cero ejercicio en mi vida, cero fuerza en mis brazos, cero resistencia en mis pulmones. Celeste cargó mi valija, pero de mi cuello aún colgaba el bolso de la compu, sí, viajé con la computadora, la re puta madre. El oxígeno que decidía entrar a mi sistema era cada vez menos, imposible seguir el paso, las escaleras oscuras no paraban de subir y quebrarse, el entorno no paraba de simular una película de esas de miedo, miedo. No veía el final, más bien me veía ahí, renunciando a todo, pidiendo un lugarcito entre los bebedores de la noche, y porque no, algún trago de lo que fuera que estuvieran tomando en las escaleras olorosas y sombrías. Juro que no quería subir ni un tramo más, ni un escalón, me iba quedando, sin aire, sin fuerza. Pero sí podía y lo hice. Llegamos, mis vías respiratorias ardiendo, quemadas del esfuerzo, Celeste agotada pero bancándosela como una reina, preocupada por mí, pidiendo mil veces perdón con las palabras y con la mirada, y el Superman, con sus cuarenta y tanto pirulos, tan fresco como una lechuga, gritando a la ventana de su amigo.

Para resumir, abrazamos a Rodrigo, nuestro ángel de la guarda, nos recibió Ronald, un tipo serio y amable, tomamos mate, sí, a las 2:30 am., charlamos de su laburo en un programa de vivienda social y de la recuperación de un espacio para actividades culturales en su barrio, de su trabajo en comunicación, de nuestro viaje. Cuando la respiración se normalizó y la adrenalina bajó en la sangre, nos fuimos a dormir. Ronald nos cedió la única habitación de su humilde morada, el tomó el sofá de la entrada. En pocas horas amaneció, nos subimos a un auto/colectivo, empezó la música y pareció un milagro.

P.D. 1: Cerro Alegre, que nunca conocimos a fondo era la parte turística, Cerro Cordillera no.
P.D. 2: La Sebastiana, es una belleza.
P.D. 3: No intenten esto en sus casas, digo… en sus viajes.
P:D. 4: Papá, no te preocupes, acordáte que le doy color porque me gusta entretener a mis amigos…
P. D. 5: Esta frase cobró un significado totalmente distinto en mi vida: Vamo’ arriba la Celeste!! Arriba nunca más jajajja Te quiero amiga!!!

Marcela Matta.

Marcela y Celeste en la Sebastiana, Valparaíso.

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